Por Dhariana Mateo

La posible candidatura de Santiago Matías abre una discusión que va mucho más allá de Alofoke: ¿estamos buscando un candidato nuevo o estamos intentando recuperar la confianza en la política?

Hay acontecimientos políticos que pueden medirse en votos, encuestas o resultados electorales. Otros, sin embargo, deben medirse primero por las preguntas que provocan.

Lo ocurrido este domingo 16 de agosto en Santiago pertenece, al menos por ahora, a esa segunda categoría.

Santiago Matías, conocido públicamente como Alofoke, inició en esa ciudad la recolección de firmas para respaldar el reconocimiento de su movimiento político, Dominicanos Primero, de cara a una eventual participación electoral en 2028. La actividad congregó a cientos de personas y colocó nuevamente sobre la mesa una pregunta que probablemente escucharemos mucho durante los próximos dos años: ¿puede una persona proveniente de un espacio ajeno a la política tradicional aspirar a dirigir la República Dominicana?

Pero quizás esa no sea la pregunta más importante.

Tal vez deberíamos comenzar por otra:

¿Qué experiencia necesita realmente una persona para gobernar un país?

La pregunta parece sencilla, pero no lo es.

Durante mucho tiempo hemos asociado la capacidad para gobernar con una trayectoria política. Y es lógico. Dirigir un Estado requiere conocer sus instituciones, comprender la administración pública, manejar presupuestos, negociar, tomar decisiones difíciles, construir equipos y entender cómo funciona una sociedad mucho más compleja que cualquier empresa, programa de comunicación o proyecto personal.

Nadie debería tomar a la ligera la responsabilidad de gobernar un país.

Pero hay otra pregunta que también debemos atrevernos a formular.

¿Es suficiente la experiencia política?

Porque la República Dominicana tiene políticos con décadas de trayectoria. Personas que han ocupado posiciones importantes, participado en campañas, dirigido partidos, administrado instituciones y acumulado una enorme experiencia en el ejercicio del poder.

Y, sin embargo, seguimos teniendo problemas que atraviesan generaciones.

La inseguridad preocupa.

La educación continúa enfrentando grandes desafíos.

El costo de vida pesa sobre las familias.

La desigualdad persiste.

La calidad de algunos servicios públicos sigue siendo motivo de frustración.

La corrupción y la falta de confianza en las instituciones continúan formando parte de la conversación ciudadana.

Entonces aparece una contradicción que no podemos ignorar.

Si la experiencia política es una garantía de capacidad para gobernar, ¿por qué esa experiencia no siempre se ha traducido en mejores resultados?

La pregunta no pretende desconocer los avances que ha tenido el país ni afirmar que todos los gobiernos han sido iguales. Sería injusto y poco serio hacerlo.

Lo que plantea es algo diferente: la experiencia, por sí sola, no puede convertirse en el único criterio para decidir quién está preparado para gobernar.

Pero tampoco deberíamos caer en el extremo contrario.

Que alguien sea nuevo en la política no significa automáticamente que esté preparado para dirigir el Estado.

La popularidad no es preparación.

Tener muchos seguidores no es lo mismo que tener capacidad de gestión.

Saber comunicar no equivale necesariamente a saber gobernar.

Y representar una alternativa frente a los partidos tradicionales tampoco garantiza que esa alternativa vaya a producir mejores resultados.

Ese es precisamente el punto en el que deberíamos colocar el debate sobre Santiago Matías.

No en el fanatismo.

Tampoco en el rechazo automático.

En la evaluación.

¿Qué está pasando con el ciudadano que dejó de votar?

Las elecciones presidenciales de 2024 dejaron un dato que debería preocuparnos mucho más allá de cualquier partido: alrededor del 45.7 % de los electores inscritos no acudió a votar. La propia Junta Central Electoral consideró necesario investigar las causas y los patrones de la abstención electoral.

No podemos afirmar que todas esas personas dejaron de votar porque están decepcionadas de los políticos. Sería una simplificación.

Pero tampoco deberíamos ignorar que la abstención puede ser una señal de distancia, apatía, desencanto o pérdida de confianza.

Y aquí aparece una pregunta que considero todavía más importante:

¿Qué tendría que ofrecerle un candidato a ese ciudadano que decidió quedarse en casa?

¿Qué tendría que demostrarle para convencerlo de que esta vez vale la pena participar?

Quizás ahí se encuentra una de las claves de la política dominicana de los próximos años.

Porque el ciudadano que no vota también está comunicando algo, aunque su silencio tenga múltiples razones.

Puede estar diciendo: “No confío”.

Puede estar diciendo: “Ninguno me representa”.

Puede estar diciendo: “Todos prometen lo mismo”.

O simplemente puede estar diciendo: “No creo que mi voto cambie las cosas”.

No sabemos cuántas personas piensan exactamente así. Pero sí sabemos que la abstención alcanzó un nivel suficientemente importante como para que la JCE haya decidido estudiarla.

Y eso debería obligarnos a mirar más allá de los partidos.

La amnesia del poder

Hay una percepción ciudadana que tampoco deberíamos ignorar.

Durante las campañas electorales, muchas veces los problemas parecen tener soluciones sencillas.

Desde la oposición se habla con seguridad de lo que debería hacerse. Se identifican responsables. Se prometen cambios. Se ofrecen respuestas.

Pero después llega el poder.

Y entonces aparecen las dificultades, los límites presupuestarios, las instituciones, los intereses económicos, las presiones sociales, las decisiones impopulares y una realidad mucho más compleja que la que se describía desde una tarima.

Es allí donde algunos ciudadanos sienten que ocurre una especie de amnesia del poder.

El político que antes parecía tener respuesta para todo llega al gobierno y descubre que resolver un problema nacional no es tan sencillo como explicarlo en una campaña.

Esta percepción no pertenece exclusivamente a un partido ni a una persona.

Es uno de los problemas que alimentan la desconfianza hacia la política.

El ex primer ministro británico John Major ha advertido precisamente sobre el costo de las promesas políticas que se hacen para ganar apoyo y después no se cumplen. Su planteamiento es sencillo: cuando se pierde la confianza en la palabra de los líderes, también se pierde confianza en el gobierno.

Y quizá esa sea una de las grandes tareas de cualquier candidato que aspire a gobernar: no prometerle al ciudadano lo que quiere escuchar, sino decirle con honestidad qué puede hacer, cómo piensa hacerlo y qué límites tendrá que enfrentar.

Entonces, ¿qué debería exigir el ciudadano?

Quizás hemos hecho una pregunta equivocada durante demasiado tiempo.

Preguntamos:

¿De qué partido es?

¿Quién lo apoya?

¿Cuántos seguidores tiene?

¿Qué tan popular es?

¿Quién va delante en las encuestas?

Pero deberíamos preguntar también:

¿Está preparado?

¿Tiene capacidad para formar un equipo competente?

¿Conoce el funcionamiento del Estado o está dispuesto a aprenderlo?

¿Puede administrar recursos públicos con transparencia?

¿Tiene criterio para tomar decisiones difíciles?

¿Sabe escuchar a quienes piensan diferente?

¿Tiene un proyecto de nación o solamente un conjunto de promesas?

¿Puede explicar cómo financiará lo que propone?

¿Está dispuesto a rodearse de personas más preparadas que él en determinadas áreas?

¿Tiene la integridad necesaria para ejercer un poder que puede cambiar la vida de millones de personas?

Y quizás una de las preguntas más importantes:

¿Qué evidencia tenemos de que esa persona puede hacerlo?

Porque tampoco sería justo exigirle a un candidato nuevo que tenga veinte años de experiencia política. Pero sí podemos exigirle algo que cualquier candidato debería presentar: evidencia de capacidad, preparación, carácter y visión.

No necesitamos escoger entre experiencia e inexperiencia

Tal vez la discusión no debería plantearse como una batalla entre políticos tradicionales y personas nuevas.

La República Dominicana no necesita necesariamente elegir entre una cosa y la otra.

Necesita ciudadanos capaces de distinguir entre experiencia y capacidad, porque no siempre son sinónimos.

Necesita distinguir entre popularidad y liderazgo.

Entre promesas y propuestas.

Entre carisma y carácter.

Entre renovación e improvisación.

Y, sobre todo, entre el deseo legítimo de cambiar las cosas y la capacidad real para hacerlo.

La posible candidatura de Santiago Matías puede gustarnos, incomodarnos o dejarnos indiferentes. Podemos pensar que tiene posibilidades o que no las tiene. Podemos considerar que está preparado o que todavía tiene mucho que demostrar.

Pero ninguna de esas opiniones debería sustituir el análisis.

Porque si algo nos está enseñando este momento es que la política dominicana está cambiando. Y cuando una figura proveniente de un espacio completamente distinto al de los partidos tradicionales consigue movilizar ciudadanos alrededor de un proyecto político, la respuesta democrática no debería ser solamente burlarse, aplaudir o atacar.

Debería ser preguntar.

Preguntar por qué ocurre.

Preguntar qué está buscando la gente.

Preguntar qué ha fallado.

Preguntar qué ofrecen los nuevos actores.

Preguntar qué pueden hacer realmente.

Y preguntarnos también qué responsabilidad tenemos nosotros como electores.

Porque existe una verdad incómoda: los políticos no llegan al poder solos.

Los elegimos.

Por eso, si durante años hemos entregado nuestro voto a personas que prometieron transformar el país y después sentimos que nos fallaron, también debemos revisar cómo estamos tomando nuestras decisiones electorales.

No para culpar al ciudadano.

Para reconocer su poder.

Quizás esta sea la verdadera pregunta

No sé si Santiago Matías llegará a ser candidato presidencial en 2028.

No sé si llegará a conquistar el voto suficiente.

No sé si logrará convencer a quienes hoy desconfían de él.

Tampoco sé si los partidos tradicionales lograrán recuperar la confianza de quienes se han alejado de ellos.

Y nadie debería pretender saberlo todavía.

Lo que sí sabemos es que una parte importante de la sociedad dominicana está observando.

Algunos están cansados.

Otros están indignados.

Otros simplemente quieren una alternativa.

Y muchos todavía están esperando que alguien les demuestre que vale la pena volver a creer.

Por eso, quizás el debate no debería ser Alofoke sí o Alofoke no.

Tampoco debería ser política tradicional sí o política tradicional no.

La pregunta debería ser mucho más exigente:

¿Qué debe demostrar una persona para que le confiemos el destino de un país?

Porque si vamos a reclamarle experiencia a quien nunca ha gobernado, también debemos exigir resultados a quienes llevan décadas haciéndolo.

Y si vamos a abrirle la puerta a personas nuevas, tampoco podemos entregarles nuestra confianza únicamente porque representan algo diferente.

La democracia no debería obligarnos a escoger entre la experiencia sin resultados y la novedad sin pruebas.

Debería permitirnos exigir algo mejor.

Preparación.

Capacidad.

Integridad.

Visión.

Resultados.

Y, sobre todo, la humildad suficiente para entender que gobernar no significa tener respuesta para todo, sino saber rodearse de quienes pueden construir las respuestas correctas.

Quizás el futuro político de la República Dominicana no dependa solamente de quién logre conquistar la Presidencia en 2028.

Quizás dependa también de que nosotros, como ciudadanos, aprendamos a conquistar algo mucho más difícil:

el criterio para decidir a quién entregarle nuestro voto.

Y esa decisión no debería comenzar con la pregunta:

“¿Quién me gusta?”

Debería comenzar con una mucho más incómoda:

“¿Quién está realmente preparado para gobernar?”

Dhariana Mateo es docente y autora

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