Por Dhariana Mateo
En política, la paciencia suele ser una virtud escasa. La historia demuestra que, cuando un liderazgo comienza a consolidarse, no son pocos los que apresuran el paso para ocupar el lugar de quien aún dirige el camino. Las luchas internas, las sucesiones anticipadas y las confrontaciones por el poder han provocado rupturas que, en muchas ocasiones, terminan debilitando a los partidos más que a sus adversarios.
La República Dominicana no ha sido ajena a esa realidad. Nuestra historia política está marcada por divisiones, disputas por candidaturas y liderazgos que se fracturaron por la premura de llegar al poder. Sin embargo, dentro de ese escenario ha surgido una figura joven que parece haber escogido un camino diferente: el senador del Distrito Nacional, Omar Fernández.
No es un secreto que diversos sectores lo consideran uno de los políticos con mayor proyección de la nueva generación. Su capacidad de comunicación, su preparación académica, su cercanía con la ciudadanía y el posicionamiento que ha logrado como legislador lo colocan entre los nombres que inevitablemente aparecen cuando se habla del futuro político dominicano.
Pero hay un elemento que, a mi juicio, explica buena parte de su crecimiento: la disciplina política para reconocer que cada liderazgo tiene su tiempo.
Mientras algunos han intentado colocarlo en una competencia anticipada con su padre, el expresidente Leonel Fernández, Omar ha preferido enviar un mensaje distinto. En sus intervenciones públicas ha reiterado su respeto hacia quien no solo es su padre, sino también el principal líder de la Fuerza del Pueblo. Esa postura ha evitado alimentar una narrativa de confrontación y ha proyectado una imagen de madurez poco común en una época donde la política suele premiar el protagonismo inmediato.
Esta actitud recuerda una de las historias más conmovedoras de las Escrituras.
En el Segundo Libro de Samuel se narra la rebelión de Absalón contra su padre, el rey David. Movido por la ambición, Absalón buscó conquistar el corazón del pueblo para arrebatarle el reino. Aquella disputa no solo dividió a la nación de Israel; también destruyó una familia. Cuando Absalón murió, David no celebró la victoria. Lloró profundamente con aquellas palabras que han trascendido los siglos: «¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto yo en lugar de ti!» (2 Samuel 18:33).
La enseñanza trasciende el ámbito religioso. El poder puede conquistar posiciones, pero cuando se obtiene a costa de la deslealtad, el precio suele ser demasiado alto.
Naturalmente, la realidad política dominicana dista mucho de aquella historia bíblica. No existe una guerra entre padre e hijo ni señales de una disputa por el liderazgo dentro de la Fuerza del Pueblo. Precisamente por eso la comparación resulta valiosa: mientras Absalón simboliza la impaciencia por alcanzar el poder, Omar Fernández ha proyectado, hasta el momento, la disposición de esperar su oportunidad sin desconocer el liderazgo de Leonel Fernández.
Y esa decisión, lejos de hacerlo parecer débil, fortalece su imagen.
Los grandes líderes comprenden que la autoridad no depende únicamente del respaldo electoral. También se construye con prudencia, respeto institucional y coherencia. Omar Fernández parece haber entendido que el liderazgo se hereda en el apellido, pero se conquista con el carácter.
Muchos analistas consideran que posee condiciones suficientes para aspirar algún día a la Presidencia de la República. Esa posibilidad dependerá de múltiples factores: del contexto político, de los resultados de su gestión, de la confianza ciudadana y de las circunstancias electorales. Sin embargo, hay un activo que ya parece haber comenzado a construir y que ningún estratega puede fabricar en una campaña: la percepción de integridad y lealtad.
La historia política demuestra que los dirigentes que saben esperar suelen llegar con mayor legitimidad que quienes intentan adelantar los tiempos. La paciencia no es ausencia de ambición; es la capacidad de administrar la ambición con inteligencia.
Quizá esa sea la principal lección que hoy ofrece Omar Fernández. En un ambiente donde muchos confunden liderazgo con prisa, él ha optado por el respeto. Y en una democracia que necesita relevo generacional sin fracturas innecesarias, esa puede convertirse en una de sus mayores fortalezas.
Si mantiene esa línea de conducta, Omar Fernández continuará fortaleciendo un activo que pocos líderes jóvenes poseen: la credibilidad. Y en política, la credibilidad suele ser el primer peldaño hacia las más altas responsabilidades del Estado.
Porque el verdadero liderazgo no consiste únicamente en alcanzar el poder, sino en saber cuándo es el momento oportuno para asumirlo. La historia demuestra que quienes construyen su trayectoria sobre el respeto, la prudencia y la lealtad dejan una huella más profunda que quienes llegan impulsados únicamente por la prisa o la ambición. En ese sentido, Omar Fernández parece haber comprendido una lección que trasciende la política: el liderazgo auténtico no se impone, se gana.
Dhariana Mateo es docente y autora
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