Por Dhariana Mateo

Ayer, la República Dominicana volvió a estremecerse con otra tragedia que enluta a una familia y deja profundas heridas en toda la sociedad. El caso de Esmeralda Moronta de los Santos, asesinada presuntamente por su expareja, William de Jesús, se suma a la larga y dolorosa lista de mujeres víctimas de violencia de género en nuestro país. Según los reportes preliminares, el hecho ocurrió en Santo Domingo Este y posteriormente el agresor también perdió la vida.

Lo más alarmante es que este tipo de situaciones ya parecen convertirse en el pan de cada día. Apenas transcurren unas semanas sin que una nueva noticia ocupe las portadas nacionales: una mujer amenazada, perseguida, golpeada o asesinada por alguien que decía “amarla”. Y mientras las familias lloran a sus víctimas, la sociedad entera continúa enfrentando las consecuencias de una violencia que no se está atacando desde la raíz.

Las estadísticas son contundentes. De acuerdo con reportes recientes, República Dominicana registró 22 feminicidios durante el primer trimestre del 2026, incluyendo casos de mujeres que ya habían denunciado amenazas previas. Además, el Observatorio de Justicia y Género y otras entidades han advertido que las cifras continúan aumentando durante el presente año.

Más preocupante aún resulta saber que varias de estas víctimas ya habían acudido a las autoridades buscando protección. Informes publicados este año revelan que incluso mujeres con órdenes de protección vigentes terminaron siendo asesinadas. Entonces surge una pregunta dolorosa pero necesaria: ¿de qué sirve denunciar si muchas veces el seguimiento llega demasiado tarde?

La violencia de género no es únicamente un problema de pareja. Es una crisis social que involucra a todos los sectores: instituciones, sistema judicial, salud mental, educación, medios de comunicación y sociedad civil. Hemos fallado como país cuando normalizamos los celos enfermizos, el control excesivo, la manipulación emocional y las amenazas disfrazadas de amor.

También hemos fallado cuando minimizamos las señales de alerta. Muchas víctimas viven aterrorizadas antes de ser asesinadas. Algunas cambian sus rutinas, dejan de trabajar, viven escondidas o dependen emocional y económicamente de sus agresores. Otras simplemente no encuentran apoyo suficiente para salir del círculo de violencia.

Pero esta tragedia también deja otras víctimas silenciosas: los hijos. Niños y adolescentes que presencian agresiones, amenazas y asesinatos dentro de sus propios hogares. Muchos quedan huérfanos, marcados psicológicamente para toda la vida. Naciones Unidas estimó años atrás que los feminicidios dejaron decenas de niños huérfanos en República Dominicana, una realidad que continúa creciendo.

¿Quién acompaña emocionalmente a esos niños? ¿Qué protocolos existen para garantizarles atención psicológica continua, estabilidad emocional y protección integral? En muchos casos, después del entierro, comienza otro abandono silencioso.

Es urgente que el país establezca verdaderos protocolos de atención y seguimiento. No basta con recibir denuncias; debe existir monitoreo constante de los casos de alto riesgo, respuestas inmediatas, protección efectiva y acceso gratuito a salud mental tanto para las víctimas como para sus familias.

Asimismo, se necesita una transformación cultural profunda. La prevención debe comenzar desde la niñez, enseñando educación emocional, respeto, manejo sano de conflictos y relaciones basadas en dignidad humana. No podemos seguir criando generaciones enteras rodeadas de antivalores promovidos desde algunos espacios sociales, digitales y culturales donde la violencia, el control y la humillación son vistos como normales.

La sociedad civil tampoco puede permanecer indiferente. El silencio sigue matando. Vecinos, familiares, amistades, iglesias y centros educativos deben convertirse en redes reales de apoyo y prevención. Cada amenaza debe tomarse en serio.

Esmeralda Moronta no debe convertirse en otra fotografía olvidada entre titulares. Su caso debe llevarnos a reflexionar como nación sobre todo lo que aún falta por hacer. Porque detrás de cada feminicidio hay advertencias ignoradas, instituciones desbordadas, familias destruidas y una sociedad que necesita despertar antes de que otra mujer pierda la vida.

La violencia de género no puede seguir siendo una noticia pasajera. Debe convertirse en una prioridad nacional.

Dhariana Mateo es docente y autora

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