Por Luisana Lora Perelló.
Santo Domingo, R.D.- Lo que apareció dentro de aquel armario en el Instituto Oncológico Regional del Cibao no fueron solo cajas de medicamentos vencidos. Apareció, de golpe y sin anestesia, la radiografía de un sistema que descuida, improvisa y, en el peor de los casos, mercadea con la esperanza ajena.
La denuncia hecha por el doctor Iván Alex Mercader, presidente del Patronato Cibaeño contra el Cáncer, es demoledora: cientos de medicamentos oncológicos de alto costo muchos donados por familiares de pacientes que ya no están permanecieron apilados, olvidados y finalmente caducados dentro de un armario cuya llave “nunca apareció”. Para acceder a su contenido, la nueva directiva tuvo que romperlo.
Detengámonos ahí.
No se perdió una llave cualquiera. Se perdió el control, la supervisión, el sentido del deber y, sobre todo, el respeto por la vida de quienes dependen de esos fármacos para seguir respirando. En un centro oncológico, donde cada dosis puede significar días, semanas o meses más de vida, el desorden administrativo deja de ser un error y se convierte en una falla moral.
Más grave aún es la acusación de que parte de estos medicamentos donados habría sido vendida en la farmacia de la institución durante la gestión anterior. Si esto se confirma, no estaríamos hablando solo de negligencia, sino de una línea roja cruzada: convertir la solidaridad en mercancía. Donar para salvar y terminar financiando quién sabe qué es una traición al paciente, a la familia y a la sociedad.
Cada caja vencida cuenta una historia que nadie quiso escuchar: la de una madre que entregó los medicamentos de su hijo fallecido con la esperanza de que otro pudiera vivir; la de un laboratorio que donó muestras confiando en su buen uso; la de un paciente que quizás tuvo que interrumpir su tratamiento porque “no había disponibilidad”.
El hallazgo de la nueva directiva en octubre de 2025 no debe verse solo como un escándalo del pasado, sino como una advertencia para el futuro. Romper el armario fue necesario; ahora hay que romper con las malas prácticas, la opacidad y la cultura de improvisación que permite que algo así ocurra.
La pregunta que debería incomodarnos a todos es sencilla y brutal: ¿cuántas vidas pudieron beneficiarse de esos medicamentos y no lo hicieron?
Este caso no puede quedarse en titulares de un periódico nacional ni en comentarios de redes sociales cargados de indignación pasajera. Exige auditoría independiente, investigación seria y consecuencias claras. El cáncer ya es suficientemente cruel como para que el propio sistema le abra la puerta.
La lucha contra esta enfermedad no puede seguir librándose en dos frentes: contra el tumor y contra la negligencia institucional. Si algo nos deja este armario roto es una certeza incómoda: cuando falla la gestión, no fallan papeles; fallan personas.
Y esas personas tienen nombres, rostros y familias que merecen algo mejor.
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