Por Dr. Antonio Contreras Cruz
Médico especialista en Nutrición Clínica.
Vivimos en una época en la que nunca habíamos tenido tantos alimentos a nuestro alcance y, paradójicamente, nunca habíamos enfrentado tantos problemas relacionados con nuestra manera de comer. Tenemos supermercados repletos, restaurantes en cada esquina y aplicaciones que nos llevan cualquier comida hasta la puerta de nuestra casa. Sin embargo, vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ¿realmente estamos alimentándonos o simplemente estamos llenando nuestros estómagos?
La alimentación moderna ha experimentado una transformación profunda. Hemos pasado de consumir alimentos preparados en casa, con ingredientes relativamente sencillos, a depender cada vez más de productos industrializados, diseñados para ser prácticos, atractivos y, en muchos casos, altamente apetecibles. El problema no es únicamente cuánto comemos, sino qué estamos comiendo y cómo esos alimentos afectan nuestro organismo.
Los productos ultraprocesados han ganado un espacio importante en nuestra alimentación cotidiana. Refrescos, embutidos, cereales azucarados, galletas, snacks y numerosas comidas listas para consumir forman parte de la dieta de millones de personas. Muchos de estos productos contienen cantidades elevadas de azúcares añadidos, sodio, grasas de baja calidad nutricional y una escasa proporción de fibra.
No se trata de afirmar que todo alimento procesado sea perjudicial. Procesar alimentos también permite conservarlos, mejorar su seguridad y facilitar su disponibilidad. La preocupación aparece cuando los productos ultraprocesados desplazan sistemáticamente a los alimentos frescos o mínimamente procesados y se convierten en la base de nuestra alimentación.
El verdadero problema es que hemos comenzado a confundir estar satisfechos con estar bien nutridos.
Una persona puede consumir suficientes calorías, e incluso más de las que necesita, y presentar deficiencias de nutrientes esenciales. Es lo que conocemos como una forma de malnutrición por exceso energético y baja calidad nutricional. En otras palabras, podemos tener una población con sobrepeso y obesidad que, al mismo tiempo, no recibe una alimentación adecuada.
Desde la práctica clínica observamos las consecuencias de estos patrones alimentarios: obesidad, resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, hipertensión arterial, dislipidemias y enfermedad hepática asociada a disfunción metabólica. Son condiciones multifactoriales, pero la alimentación desempeña un papel determinante tanto en su aparición como en su prevención y tratamiento.
Y aquí surge otro aspecto que merece nuestra atención: la alimentación no depende exclusivamente de la voluntad individual.
No podemos exigir hábitos saludables a una población sin considerar el costo de los alimentos, las jornadas laborales, la educación nutricional, la publicidad y la disponibilidad de opciones saludables. Para muchas familias, resulta más sencillo adquirir productos de consumo inmediato que organizar una alimentación equilibrada durante toda la semana.
En la República Dominicana tenemos una riqueza gastronómica que puede convertirse en una aliada de nuestra salud. Las habichuelas, los vegetales, las frutas, los víveres, los huevos y el pescado, entre otros alimentos, pueden formar parte de una dieta nutritiva y culturalmente familiar. No necesitamos importar todas las tendencias alimentarias que aparecen en las redes sociales para aprender a comer mejor.
Tampoco necesitamos convertir la alimentación en una experiencia de miedo, culpa o prohibiciones permanentes. Comer saludablemente no significa eliminar todos los alimentos que disfrutamos, sino aprender a establecer proporciones, frecuencias y elecciones compatibles con nuestras necesidades.
La educación nutricional debe comenzar en el hogar, fortalecerse en las escuelas y recibir apoyo de las instituciones de salud. Enseñar a interpretar una etiqueta nutricional, reconocer el exceso de azúcar en una bebida o comprender la importancia de consumir fibra puede tener un impacto preventivo significativo.
Como médico, considero que debemos dejar de abordar la alimentación únicamente desde la perspectiva del peso corporal. No todo paciente delgado está metabólicamente sano, ni el número que aparece en una balanza resume el estado de salud de una persona. La calidad de la dieta, la composición corporal, los parámetros metabólicos y los hábitos de vida también importan.
Necesitamos recuperar una relación más consciente con los alimentos. Comer no debería ser simplemente una respuesta automática al hambre, al estrés o a la publicidad. Debería ser también una decisión que contribuya a preservar nuestra salud y calidad de vida.
La medicina moderna ha desarrollado tratamientos extraordinarios para controlar muchas de las enfermedades relacionadas con el metabolismo. Pero ningún avance farmacológico debería hacernos olvidar el valor de una alimentación adecuada como herramienta fundamental de prevención.
Al final, la reflexión es sencilla: podemos seguir llenando nuestros platos y nuestros estómagos sin preguntarnos qué estamos aportando realmente a nuestro organismo, o podemos comenzar a entender que alimentarse implica mucho más que consumir calorías.
Porque una cosa es comer para dejar de tener hambre y otra muy distinta es alimentarse para vivir con salud.
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