Por Dhariana Mateo

Por años se nos ha repetido que el libro está muriendo. Que las pantallas lo reemplazarán. Que el futuro cabe en un dispositivo electrónico. Sin embargo, resulta preocupante que ese discurso provenga precisamente de quienes deberían defender la lectura, la creación literaria y la cultura escrita.

Las recientes declaraciones del ministro de Cultura durante su participación en la Feria del Libro de Madrid han dejado una amarga sensación entre escritores, editores y promotores culturales dominicanos. En un espacio dedicado precisamente a celebrar el libro, rodeado de miles de ejemplares y de personas que han dedicado su vida a escribir, editar y promover la lectura, el mensaje pareció apuntar hacia la obsolescencia del libro físico.

La reflexión es inevitable: si desde la máxima instancia cultural del país se considera que el libro puede ser sustituido por completo por una pantalla, ¿qué futuro les espera a los escritores dominicanos?

La realidad es que escribir y promover un libro en República Dominicana se ha convertido en una misión casi imposible. Los autores invierten años de trabajo, recursos económicos propios y sacrificios personales para producir una obra que, en la mayoría de los casos, no recibe apoyo institucional significativo. Publicar es costoso. Distribuir es difícil. Promocionar es aún más complicado.

Mientras tanto, el Estado parece haber olvidado que el ecosistema literario necesita algo más que discursos. Necesita políticas públicas, bibliotecas activas, programas de lectura, incentivos para las editoriales independientes y espacios permanentes para la circulación del libro.

La evidencia está a la vista. En sectores populares como Gualey y Ensanche Espaillat se instalaron bibliotecas municipales con la promesa de acercar la lectura a las comunidades. Hoy muchas de esas instalaciones permanecen cerradas, abandonadas o cubiertas por el polvo. Los libros descansan en estanterías vacías de lectores, mientras comunidades enteras pierden espacios fundamentales para la formación cultural.

Resulta contradictorio hablar de modernización tecnológica cuando todavía no hemos logrado garantizar el acceso digno a los libros físicos. Porque la discusión no debería ser libro versus pantalla. Ambos formatos pueden coexistir. Lo preocupante es la aparente renuncia a fortalecer aquello que históricamente ha sido el principal vehículo de transmisión del conocimiento.

Nada sustituirá completamente al libro físico.

Un libro no necesita batería. No depende de una actualización. No desaparece por una falla tecnológica. Habita los hogares, las escuelas y las bibliotecas como una presencia tangible que invita al encuentro con las ideas. Un libro se presta, se subraya, se hereda y se conserva. Forma parte de la memoria emocional y cultural de los pueblos.

También es necesario hablar de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Participar en ella se ha vuelto cada vez más complejo para escritores independientes y pequeñas editoriales. Los costos asociados, los procesos burocráticos, las limitaciones de acceso a espacios de exhibición y la escasa promoción de los autores emergentes terminan favoreciendo a quienes cuentan con mayores recursos económicos o respaldo institucional.

La feria debería ser la gran fiesta democrática del libro dominicano. Sin embargo, para muchos autores se ha convertido en una carrera de obstáculos donde el talento importa menos que la capacidad financiera para asumir los gastos de participación.

La cultura de un país no se mide por la cantidad de dispositivos electrónicos que poseen sus funcionarios, sino por la cantidad de lectores que forma, de bibliotecas que mantiene abiertas y de escritores que logra respaldar.

Antes de decretar la muerte del libro, quizás deberíamos preguntarnos por qué tantas bibliotecas permanecen cerradas, por qué tantos autores financian solos sus publicaciones y por qué cada vez resulta más difícil para un escritor dominicano llegar a sus lectores.

El libro no está muriendo.

Lo que corre peligro es el compromiso de quienes tienen la responsabilidad de defenderlo.

Dhariana Mateo es docente y autora

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