Por Edwin DeLaCruz

En política, tan importante como actuar correctamente es evitar generar la impresión de que se actúa con agendas ocultas.

Cuando se observa el recorrido que ha tenido la reforma al Código de Trabajo en el Congreso Nacional, resulta inevitable preguntarse por qué una pieza que avanza con relativa facilidad en primera lectura encuentra, una y otra vez, dificultades cuando llega el momento de la segunda lectura en la Cámara de Diputados.

La historia reciente parece repetirse. Primero se anuncian avances, se habla de consensos, se presentan informes favorables y se aprueba la iniciativa en primera lectura con amplio respaldo..

Cuando se observa el recorrido que ha tenido la reforma al Código de Trabajo en el Congreso Nacional, resulta inevitable preguntarse por qué una pieza que avanza con relativa facilidad en primera lectura encuentra, una y otra vez, dificultades cuando llega el momento de la segunda lectura en la Cámara de Diputados.

La historia reciente parece repetirse. Primero se anuncian avances, se habla de consensos, se presentan informes favorables y se aprueba la iniciativa en primera lectura con amplio respaldo.

Sin embargo, cuando llega el momento decisivo, surgen nuevos obstáculos: se devuelve a comisión, se deja sobre la mesa, se pospone para una próxima sesión o simplemente desaparece de la agenda legislativa.

Eso ha ocurrido nuevamente con la reforma laboral, cuya segunda lectura fue aplazada bajo el argumento de continuar revisando aspectos pendientes y ampliar las discusiones.

Desde una perspectiva ciudadana, este patrón genera preocupación. Nadie cuestiona el derecho del Congreso a revisar cuidadosamente una legislación tan importante.

Lo preocupante es que la segunda lectura parece haberse convertido en una especie de zona gris donde los proyectos pueden quedarse indefinidamente atrapados.

La Cámara de Diputados aprobó la reforma en primera lectura y su propio presidente, el diputado Alfredo Pacheco, ha manifestado en diversas ocasiones que la reforma se encuentra en una fase final y que existe interés en su aprobación.

Sin embargo, los aplazamientos y revisiones de última hora continúan alimentando dudas legítimas sobre la verdadera voluntad política de concluir el proceso.

Es precisamente ahí donde surge la inquietud. Cuando un mismo fenómeno se repite demasiadas veces, resulta difícil creer que todo responde únicamente a razones técnicas o procedimentales.

La percepción pública comienza a inclinarse hacia la posibilidad de que existan intereses políticos actuando detrás del escenario para retrasar, modificar o entorpecer una pieza que ha sido objeto de extensas discusiones entre los sectores involucrados.

No afirmo que así sea. Pero tampoco puede ignorarse que la reiteración de estos tropiezos abre espacio a sospechas razonables. En política, tan importante como actuar correctamente es evitar generar la impresión de que se actúa con agendas ocultas.

Mientras tanto, las Centrales Sindicales CNTD, CNUS, CASC, y sus presidentes han mantenido una posición clara: han defendido que el proyecto debe aprobarse respetando el consenso alcanzado durante el proceso de diálogo social. Y en ese punto coincido plenamente con ellos.

Si la alternativa consiste en aprobar una reforma desnaturalizada, alterada por presiones de última hora o convertida en una pieza distinta a la originalmente consensuada, quizás sea preferible mantener vigente el actual Código de Trabajo.

Después de todo, aunque la legislación laboral dominicana requiere modernización y ajustes para responder a las nuevas realidades del mercado laboral, también es cierto que el marco legal vigente ha contribuido durante décadas a preservar la estabilidad de las relaciones entre empleadores y trabajadores.

Incluso muchos de los planteamientos formulados por el sector empresarial encontraron espacio dentro de las discusiones y negociaciones desarrolladas durante el proceso de reforma. Por tanto, no parece razonable que después de años de debates vuelvan a abrirse controversias que ya habían sido abordadas.

La República Dominicana necesita seguridad jurídica, previsibilidad y respeto a los acuerdos construidos mediante el diálogo. Lo que no necesita es un proceso legislativo interminable donde cada avance parece convertirse en un nuevo punto de partida.

La segunda lectura no debe transformarse en una herramienta para dilatar indefinidamente una decisión nacional. Si existen desacuerdos, que se debatan públicamente. Pero si ya hubo consenso y compromiso entre los sectores, corresponde al Congreso asumir su responsabilidad histórica.

Porque cuando las reglas del juego cambian constantemente, la confianza ciudadana también comienza a deteriorarse. Y esa es una factura que ninguna democracia debería permitirse pagar.

Sobre el autor

Edwin DeLaCruz es periodista y abogado con una trayectoria dedicada a la comunicación y la promoción de la justicia social. Su trabajo combina la cobertura informativa con un profundo compromiso con los derechos humanos y la defensa de la dignidad de las personas.

A lo largo de su carrera ha mostrado un alto interés en la lucha por los derechos laborales y en visibilizar las causas sociales que fortalecen la equidad y la protección de los más vulnerables. Su enfoque periodístico busca generar conciencia, fomentar el respeto y promover un diálogo ético en torno a temas de relevancia social y humana.

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