AGGIE MUSTER DOMINICANO 2026
Discurso Central
Por Dr. Luis Ernesto Pérez Cuevas, PhD.
Santiago de los Caballeros, 25 de abril de 2026
Queridos Aggies,
Santiago, R.D.-
Hoy es un día muy especial para los Aggies Dominicanos. Antes de comenzar, quiero dar gracias a Dios por concedernos el privilegio de estar aquí presentes, de vernos, abrazarnos y recordar juntos los momentos que como estudiantes vivimos en esa gran Universidad de Texas A&M. Pero, sobre todo, este es el momento de honrar a todos nuestros hermanos Aggies que partieron antes que nosotros, y cuya memoria llevamos viva en el corazón.
Mi reconocimiento a José Miguel Luna, Luis González Fabra, Luis Tejeda, Daniel Núñez y Raymundo Garrido por esta iniciativa de convocarnos en este hermoso lugar de Santiago de los Caballeros. En esta cancha de golf, muchos de nosotros aprendimos a usar un palo por primera vez. José Miguel fue mi maestro… gracias, José Miguel.
En esta mañana quiero enfocar mis palabras en tres grandes temas: nuestra historia como Aggies Dominicanos, los retos fundamentales que enfrenta hoy nuestro país en materia agroalimentaria, y el rol que aún podemos y debemos desempeñar nosotros, aunque estemos en el otoño de nuestras vidas.
I. Nuestra Historia como Aggies Dominicanos
Todo comenzó en 1961, cuando un grupo de hombres visionarios fundó en Santiago la Asociación para el Desarrollo, Inc. — APEDI. Eran empresarios, profesionales y líderes cívicos del Cibao que, recién salida la nación de décadas de dictadura, asumieron una responsabilidad histórica: organizar el desarrollo desde la sociedad civil, ante la debilidad del Estado. Entre ellos estaban Marcos A. Cabral, Luis Crouch Bogaert, Tomás Pastoriza Espaillat, Víctor Espaillat Mera, José A. Bermúdez, Alejandro Grullón, Salvador Jorge Blanco y otros hombres de enorme visión.
Fue precisamente Luis Crouch quien, en 1962, estableció contacto en Nueva York con Abraham Lowenthal, funcionario de la Fundación Ford, quien a su vez organizó un encuentro con el presidente de Texas A&M University, el General Earl Rudder, héroe de la Segunda Guerra Mundial y hombre de visión extraordinaria. De ese encuentro nació un programa que cambiaría la vida de muchos de nosotros.
En 1966, cuando la mayoría de nosotros viajamos por primera vez al campus de College Station, la República Dominicana era una economía predominantemente agrícola. La agricultura aportaba entre el 35 y 45 por ciento del PIB, generaba más del 60 por ciento del empleo y representaba entre el 80 y 90 por ciento de las divisas del país. El objetivo era claro: fortalecer el capital humano que necesitaba la nación para modernizar su agricultura, columna vertebral de la economía dominicana de entonces.
Aquellos santiagueros no solo crearon una institución. Crearon una forma de pensar el desarrollo, basada en la responsabilidad colectiva, la institucionalidad y la visión de largo plazo. Su legado no se mide en edificios, sino en generaciones.
Cuando salimos hacia Texas, nuestro país recién iniciaba un proceso de sanación de las heridas dejadas por la guerra de abril del 65. Eran tiempos de la Guerra Fría, de la influencia del pensamiento socialista que pretendía que el Estado sabía más que los ciudadanos cómo distribuir la riqueza. Frente a ese modelo, nosotros recibimos una formación técnica profunda, fundamentada en la libertad, el trabajo y el conocimiento científico.
Debo ser honesto: nuestra formación en Texas A&M fue mayormente técnica. Nos enseñaron a ver, analizar y trabajar con cada árbol, pero no siempre a comprender el bosque completo y su entorno. Esa limitación redujo en algunos casos la trascendencia de nuestro trabajo. Sin embargo, hubo entre nosotros mentes brillantes que dejaron una huella imborrable.
Desde fines de los años sesenta hasta los ochenta, la influencia Aggie en el sector agropecuario dominicano fue notoria. Carlos Aquino González, Alfonso Gómez, Domingo Marte, Rafael Ledesma, Luis González Fabra, Meme Viñas Cáceres, Jaime Viñas Román, Campo de Moya, Rafael Fermín, Horacio Ornes, Juan Núñez, Raúl Pineda, José Miguel Cordero, Emilio Olivo, Daniel Núñez, Rafael Vargas, José Miguel Luna, Tomás Hernández Alberto, Luis Álvarez Monte de Oca, Raymundo Garrido, César Ernesto López, Adán Méndez, Miguel González, entre muchos otros, engrandecieron el nombre de Texas A&M en la República Dominicana y más allá de nuestras fronteras. A todos ellos, nuestro más profundo reconocimiento.
Carlos Aquino González llegó a ser Secretario de Estado de Agricultura y luego Director General del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, el IICA, posicionando a la República Dominicana en los más altos niveles de la cooperación regional.
Domingo Marte, además de ocupar también el cargo de Secretario de Estado de Agricultura, dejó una huella profunda como escritor y pensador del desarrollo agropecuario dominicano, contribuyendo con su pluma y el lente de su cámara a documentar y orientar las políticas del sector.
El doctor Rafael Ledesma ejerció como Subsecretario de Agricultura y dejó su huella en la institucionalidad agropecuaria moderna.
Y Luis González Fabra, además de ser uno de los convocantes de este Muster, ha dedicado décadas a la comunicación y las letras como periodista y escritor, siendo una voz constante en la difusión del conocimiento agropecuario y en la preservación de nuestra memoria como generación.
Son todos ejemplos del impacto que puede tener una buena formación cuando se pone con generosidad al servicio de la nación.
II. Los Retos del Sistema Agroalimentario Dominicano
Seis décadas después de aquel viaje a College Station, la República Dominicana ha experimentado una transformación estructural profunda. Hoy somos la economía más grande del Caribe, la novena de América y una de las de mayor crecimiento sostenido en toda la región. Entre 2004 y 2026, multiplicamos nuestro PIB por siete: pasamos de 19 mil millones de dólares a más de 134 mil millones. El sector agrícola, que antes representaba el 45 por ciento de nuestra economía, hoy aporta apenas entre el 5 y 7 por ciento del PIB.
Pero ese crecimiento, aunque notable, no ha sido plenamente inclusivo. La pobreza rural sigue siendo alta, y el sector agropecuario enfrenta retos enormes. Permítanme señalar los más urgentes.
Primero: la energía. La energía no es un fin en sí mismo — es la palanca del desarrollo humano. Detrás de cada sistema de riego que alimenta al país, hay un flujo constante de energía. La República Dominicana tiene un potencial renovable extraordinario: radiación solar privilegiada durante todo el año, vientos constantes en regiones estratégicas. Aprovechar ese potencial no es solo una decisión ambiental, es una decisión económica. Si bonificamos el 30 o 50 por ciento de la inversión en sistemas solares para pequeños productores, podemos transformar la productividad del campo en un plazo de cinco años.
Segundo: el agua. En un país donde la agricultura consume cerca del 80 por ciento del recurso hídrico, el verdadero problema no es la escasez sino la ineficiencia. Se estima que entre el 40 y el 60 por ciento del agua destinada a la agricultura se pierde antes de llegar a los cultivos. Al mismo tiempo, entre el 15 y el 20 por ciento de las tierras irrigadas sufren inundaciones recurrentes. El agua no falta en la República Dominicana. Lo que falta es gestionarla bien.
Tercero: el capital humano. Si hay pobreza en un país, es porque el capital humano es bajo. Lo demostraron los premios Nobel Theodoro Schultz y Gary Becker: la educación es una inversión, no un gasto. Hoy el 16 por ciento de nuestra población es pobre monetariamente, y el 40 por ciento es pobre estructuralmente.
En Floresta, Inc., hemos trabajado durante más de veinte años con las familias más pobres del país, y hemos comprobado que cuando una familia aprende a producir de forma sostenible, a ahorrar y a invertir en sus propios proyectos, la pobreza retrocede. Hemos impactado a más de 19,000 familias. Muchas ya no son pobres.
Cuarto: la mano de obra. Es un mito decir que el dominicano no quiere trabajar en el campo. La realidad es que el dominicano no quiere trabajar por salarios que no le permiten vivir con dignidad, sin seguro médico, sin certeza de empleo mañana, sin posibilidad de educar a sus hijos. El problema no es la voluntad del trabajador; es la estructura del mercado laboral agrícola, que debemos transformar.
Quinto: los mercados y el financiamiento. La República Dominicana tiene una ubicación privilegiada para exportar. Tenemos acceso a mercados en Estados Unidos, Europa, Haití, América Latina y Asia. Pero para potenciar nuestras exportaciones, necesitamos producir más volumen, con calidad certificada y mayor valor agregado. Los modelos asiáticos — alianzas tripartitas entre gobierno, agroindustria y pequeños productores — son un ejemplo que debemos adaptar a nuestra realidad.
Sexto: la gobernanza. El Ministerio de Agricultura maneja un presupuesto anual de 22 mil millones de pesos, con seis viceministerios, ocho oficinas regionales, 29 oficinas provinciales y 23 instituciones descentralizadas. En teoría, todo funciona. En la práctica, el sistema adolece de falta de coordinación, excesiva centralización y poca efectividad en los territorios. El problema no es la falta de instituciones, sino la falta de articulación, transparencia y rendición de cuentas por resultados. Tenemos que pasar de gestionar actividades a gestionar impactos.
Y séptimo: la resiliencia climática. Un país pequeño y montañoso como el nuestro, en la zona de paso de huracanes, no puede darse el lujo de no tener árboles.
Necesitamos que al menos el 67 por ciento de nuestro territorio esté bajo cobertura arbórea permanente: bosques naturales, plantaciones forestales, sistemas agroforestales de café y cacao, y árboles frutales. El árbol es nuestra primera infraestructura de resiliencia climática.
III. Nuestro Rol en el Otoño de Nuestras Vidas
Hemos llegado a los setenta y ochenta años. Hemos visto crecer y transformarse este país desde primera fila. Muchos de nuestros compañeros ya no están físicamente con nosotros; han partido a una mejor vida. Pero su espíritu nos acompaña, vive en nuestros recuerdos y en los valores que compartimos. Ellos siguen siendo parte de esta historia que aún se escribe.
A quienes todavía estamos aquí, con la experiencia acumulada y el conocimiento forjado en décadas de trabajo, nos corresponde una responsabilidad que no podemos eludir. Tenemos el deber — aunque nadie nos lo pida — de compartir lo aprendido, de orientar a los más jóvenes, de advertir, de evitar que la ignorancia conduzca a errores que nosotros ya aprendimos a superar. Ese es el verdadero sentido del legado: no guardar lo vivido, sino ponerlo al servicio de los demás.
Nuestra alma mater, Texas A&M University, es hoy una institución aún más grande y prestigiosa que cuando nos formó en los años sesenta y setenta. Más de 70,000 estudiantes, una investigación de clase mundial, y ese espíritu inconfundible que une a todos los Aggies del planeta. Eso nos llena de orgullo, pero también nos interpela.
Por eso, hoy quiero proponer algo concreto. He conversado con Emilio Olivo y José Miguel Luna sobre la posibilidad de gestionar, de manera permanente, un programa de becas a nivel de grado y posgrado que permita a jóvenes dominicanos vivir la experiencia Aggie. Podrían ser cinco becas por año, apoyadas por el gobierno dominicano, el gobierno de los Estados Unidos y los empresarios más prósperos entre nosotros.
El espíritu Aggie no muere, no se rinde, no se apaga con el tiempo. Es una llama que sigue viva en cada uno de nosotros, encendida desde aquellos años en que iniciamos un camino que marcó nuestras vidas para siempre. Lo que comenzó como un programa visionario en la década de los sesenta, empezó a dar sus frutos en los setenta, alcanzó su plenitud en los ochenta y noventa, y hoy se refleja con orgullo en las generaciones que han continuado la obra. Ese es nuestro legado: resultados que trascienden el tiempo.
Cierre
Aggies, estamos en el otoño de nuestras vidas, pero el otoño no es el fin. Es la estación de la cosecha, de los frutos maduros, del color más intenso. Es el momento de dar lo mejor de todo lo que hemos acumulado.
Recuerdo las palabras que tantas veces resonaron en los pasillos de Texas A&M: From the Halls of Aggieland. Desde esas aulas nos formamos, desde ese espíritu servimos, y desde ese legado debemos seguir construyendo.
Que el espíritu Aggie continúe vivo en nosotros, en nuestros hijos, en los jóvenes que vendrán. Que cada beca que otorguemos sea una semilla, que cada consejo que demos sea un puente, que cada historia que compartamos sea una antorcha.
Gig ‘Em, Aggies.
Muchas gracias.
Que el Señor bendiga a cada uno de los presentes.
Santiago de los Caballeros, 25 de abril de 2026
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