Por Tony Peña Guaba
A seis décadas de la epopeya que redefinió nuestra identidad nacional, la memoria histórica nos convoca a reflexionar sobre la Revolución del 24 de Abril de 1965. Aquel no fue solo un estallido de pólvora; fue el grito contenido de un pueblo que, tras treinta y un años de asfixia trujillista y el letargo neotrujillista subsiguiente, finalmente había vislumbrado la libertad.
El 20 de diciembre de 1962, los dominicanos experimentamos un fenómeno inédito desde los tiempos de Horacio Vásquez: el ejercicio de la soberanía popular. La elección del Profesor Juan Bosch y la proclamación de la Constitución de 1963 representaron un proyecto de nación de avanzada, profundamente democrático y de corte social. No obstante, la luz de la legalidad fue efímera. Washington y las fuerzas remanentes del régimen anterior, incapaces de cohabitar con el progreso, orquestaron el derrocamiento de Bosch tras solo siete meses de mandato, imponiendo un Triunvirato de espaldas al sentimiento popular.
La resistencia no tardó en fraguarse en la clandestinidad. Se forjó entonces una simbiosis histórica: la determinación militar del coronel Fernández Domínguez y la sagacidad política de la cúpula del PRD, encabezada por un joven y vibrante José Francisco Peña Gómez. A través del programa radial Tribuna Democrática, Peña Gómez se convirtió en el nexo vital entre la estrategia y el pueblo.
El 24 de abril, al compás de los acordes de La Marsellesa, el Dr. Peña Gómez convocó a la nación a las calles. El objetivo era conciso y directo: el retorno a la constitucionalidad sin elecciones y el regreso del Profesor Bosch. Lo que inició como una movilización civil, respaldada por militares constitucionalistas, pronto escaló hacia una gesta de dimensiones internacionales.
La historia dio un giro dramático el 28 de abril. Por solicitud del general Elías Wessin y Wessin y bajo el pretexto de salvaguardar vidas de residentes norteamericanos, 42,000 marines de Estados Unidos desembarcaron en nuestras costas. La guerra civil se transformó en una lucha desigual contra el imperio más poderoso del globo. En ese escenario de fuego, mientras el coronel Fernández Domínguez caía en combate, emergía la figura impertérrita de Francisco Alberto Caamaño Deñó, quien asumió el mando constitucionalista desde la zona colonial.
Tras cuatro meses de resistencia heroica, la pragmática política se impuso. El Dr. Peña Gómez, comprendiendo que el desgaste militar era insostenible, aceptó el Acta de Reconciliación Nacional bajo la mediación de la OEA. El 3 de septiembre cesaron las hostilidades, dando paso al gobierno provisional de Héctor García Godoy y a un proceso electoral viciado por la ocupación y el asedio neotrujillista, que llevó al poder al Dr. Joaquín Balaguer.
Si bien la Revolución de Abril no tuvo un triunfo concreto en 1965, su semilla germinó en la conciencia colectiva. Tras años de autoritarismo balaguerista, fue nuevamente la visión estratégica del Dr. Peña Gómez —tejiendo alianzas con liberales en Washington y la Internacional Socialista— la que creó las condiciones para que, en 1978, Silvestre Antonio Guzmán Fernández iniciara la verdadera transición democrática, liberando a todos los presos políticos y permitiendo el retorno al país de miles de dominicanos exiliados.
“La Revolución de Abril no fue un fracaso; fue el parto doloroso de la libertad que hoy disfrutamos”. Hoy, rendimos loor eterno al coronel Fernández Domínguez, Francisco Alberto Caamaño Deñó, coronel Montes Arache, Illio Capocci (instructor de los Hombres Rana), al Dr. José Francisco Peña Gómez y a miles de ciudadanos dominicanos que ofrendaron su vida por amor a nuestra patria. Su sacrificio es el cimiento y significó el verdadero despegue de nuestra democracia plena.
Esta es la historia de nuestra libertad.
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