Por ORLANDO ARIAS REYNOSO
En Dando en el Clavo no solemos perder tiempo respondiendo a frases ligeras o provocaciones vacías. Pero hay palabras que no se quedan en lo anecdótico: hieren, desprecian y buscan normalizar una visión injusta sobre un pueblo entero. Eso ocurrió con las desafortunadas declaraciones del abogado Ramón Peralta, quien se atrevió a decir en una rueda de prensa que “al dominicano no le gusta trabajar”.
No es solo una frase. Es una ofensa directa a millones de hombres y mujeres que, desde antes del amanecer, salen cada día a ganarse el pan con esfuerzo, creatividad y dignidad. Es una falta de respeto a los obreros, a los comerciantes, a las madres solteras, a los jóvenes que estudian y trabajan a la vez, a los campesinos que siembran la tierra, a los emprendedores que levantan negocios con uñas y sacrificio, y hasta a los niños que se levantan temprano para ir a la escuela cada día.
Esta nación se ha construido con sudor. Desde los campos hasta las ciudades, desde los ventorrillos hasta las grandes plazas comerciales, el trabajo ha sido siempre el motor que nos mantiene de pie.
Por eso resulta tan grave que alguien que habla como vocero de intereses empresariales extranjeros se permita descalificar de manera tan ligera al país que lo acoge. Y más aún cuando sectores del comercio nacional ya enfrentan una competencia desigual que afecta directamente a miles de pequeños y medianos negocios dominicanos.
Es cierto que el señor Peralta pidió disculpas. Y toda disculpa es mejor que el silencio. Pero no basta con decir “lo siento” cuando se ha tocado la dignidad de un pueblo. Hace falta algo más profundo: respeto real, responsabilidad al hablar y conciencia del peso que tienen las palabras en una sociedad cansada de ser subestimada.
Desde esta columna rechazamos enérgicamente “La frase que ofendió a todo un pueblo”. No por espíritu de confrontación, sino por convicción: el dominicano no es flojo, no es vago, no es indolente.
Las palabras del abogado Peralta no lo definen a él solamente; revelan una visión peligrosa que no podemos permitir que se normalice. Porque cuando se ataca la dignidad del trabajo, se ataca la dignidad del país.
Y la dignidad dominicana no se negocia.
El autor es periodista, corrector de estilo y locutor
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