Por: Francisco Portes B.

Santo Domingo, R.D.

Hoy, mientras se conmemora el Día Internacional del Trabajo, el panorama para miles de servidores públicos en la República Dominicana es de todo menos festivo. Detrás de las cifras macroeconómicas y los discursos oficiales, se esconde una realidad lacerante: una clase trabajadora que lleva más de 12 años cargando sobre sus hombros una roca pesada llamada inflación, sin el alivio de un reajuste salarial justo.

El estancamiento de la dignidad

Para el empleado público «de carrera», aquel que ha visto pasar gestiones y ministros, el tiempo parece haberse detenido en sus cuentas bancarias, pero no en el costo de la vida. Mientras el precio del arroz, las medicinas y los servicios básicos sube por el ascensor, sus salarios siguen estancados en el primer perdaño o escalón la escalera de hace una década.

Este estancamiento ha provocado una erosión sistemática de la calidad de vida. Hoy, el servidor público dominicano tiene:

  • Menos poder adquisitivo: El peso dominicano rinde cada vez menos en el supermercado, por tanto hay que comprar menos

  • Menos salud y medicinas: El costo de los copagos y fármacos se ha vuelto prohibitivo, así que tenemosque aguantar más dolor y aproximarnos a la muerte con mayor rapidez.

  • Menos tranquilidad: El estrés financiero destruye la paz mental de quienes dedican su vida al Estado.

Un sistema de dos velocidades

Resulta paradójico y doloroso observar cómo se aplica una política de «miel para unos y de hiel para otros». Mientras los nuevos equipos que acompañan a los ministros y directores generales llegan con sueldos actualizados y privilegios de entrada, el empleado viejo, el que mantiene la operatividad de las instituciones, es condenado al olvido y a la mendicidad.

Se ha creado una brecha injusta donde la experiencia y la lealtad institucional no se traducen en bienestar, sino en un sacrificio de subsistencia. El empleado público de larga data hoy no vive, «araña» para mantenerse en pie. Lo único que recibe en abundacia es el maltrato, lavehación y el vilipendio.

Un llamado a la misericordia y la justicia

La gestión del presidente Luis Abinader ha tenido oportunidades para rectificar esta deuda histórica. Sin embargo, para este sector de la administración pública, la mano de la piedad y la justicia social no ha llegado. Es imperativo que el Gobierno entienda que la inflación se ha tragado el sustento de las familias de los empleados estatales.

No se puede hablar de recuperación económica ni de modernización del Estado cuando los hombres y mujeres que sirven al país están sumidos en la precariedad. Un reajuste salarial no es un regalo; es una necesidad humana básica para recuperar la alimentación, la diversión y la dignidad que la inflación les ha arrebatado.

Este 1 de mayo no debe ser solo de consignas, sino de reflexión y acción. Es hora de que el peso de la piedra se distribuya mejor y que, finalmente, el salario del servidor público refleje la realidad del mercado actual.

El presidente Luís Abinader va salir del poder sin tomar en cuenta a los empleados públicos, los va a dejar con menos de lo que los encontró, todavía está a tiempo de reajustar su salario, un aumento general que impacte positivamente a todos, no a un ínfimo grupo, ahí están las nóminas, hablan por sí solas.

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